25 años de nuestra primera liga (91/92)

Foto: Juan Vález

Foto: Juan Vélez

Hace pocas semanas tuvo lugar la efeméride, inadvertida para los medios, aunque de indudable relevancia entonces para el deporte sevillano, y un orgullo para aquellos que tuvimos la fortuna de formar parte de la consecución del primer título de campeón de liga en la División de Honor por nuestro Ciencias Club de Rugby ¡25 años ya…!
¿Cómo no recordar la victoria que nos dio matemáticamente el título? Aún resuena en mi memoria el clamor al saltar al campo, y ver el espectáculo de aquellas gradas, repletas como jamás lo estuvieron -los espectadores ocupaban inclusive la pista de atletismo de La Cartuja-. Los deberes ya estaban hechos, nos bastaba con ganar esa tarde, -una jornada antes de acabar la Liga-, y tras conjurarnos en una piña, salimos a jugar muy serios y concentrados, conscientes de la importancia del momento, en medio de una atronadora ovación… ¡Qué emocionante!
Lo de menos aquél día fueron el rival -dignísimo Gernika- o el juego,  y ni una grave lesión ni el nervioso agarrotamiento iniciales, pudieron impedir una gran victoria. Así, el pitido final se convirtió en el pistoletazo de salida a una explosión de alegría, y a la marea de gente que invadió el campo de juego, y que, entre empujones, abrazos, llantos, risas, gritos y cánticos, nos llevó en volandas; aún tengo presentes las caras desencajadas de alegría y júbilo de la multitud.
Pocos días antes de la inauguración de la Expo-92, y sin grandes éxitos deportivos que celebrar hasta entonces, -justo antes del salto cualitativo que supondrían meses más tarde para el deporte español las magníficas Olimpiadas de Barcelona-, eran tiempos en que el deporte local escaseaba en triunfos: el R. Betis jugaba en la Segunda División, el Sevilla FC transitaba la segunda mitad de la clasificación de Primera -lejos aún de los gloriosos laureles que cosecharía años más tarde-, y quedaban ya distantes los buenos tiempos del Patín Claret y la gesta de las chicas de Voley de la Preu, salpicados por el buen hacer habitual de los remeros. Supongo que el espectador deportivo sevillano necesitaba un equipo ganador, sentirse campeón; y ahí estábamos nosotros. Esa fue, probablemente, la explicación a las más de seis mil almas que llenaron el estadio, a tantas caras pintadas y a pancartas y bocinas de típico estilo futbolístico, tan poco comunes en nuestro rugby, así como de la gran cobertura televisiva del partido -hasta el vestuario- por el canal autonómico. Fue, sin duda, una gran fiesta.
Aún sin ser muy nostálgico, no puedo evitar que se agolpen las intensas sensaciones vividas, y  aquel íntimo y especial orgullo sentido entonces, merecido premio sin duda a muchos años de duro y oscuro trabajo,  sin más recompensa que la personal satisfacción del deber cumplido, y  poder compartirlo  con los amigos, con esos compañeros de batalla -literal en nuestro deporte-,  recompensado para quienes llegamos al final del camino  en un instante por ese especialísimo sentimiento de triunfo.
Los éxitos continuaron algunos años más (dos Ligas, una Taça Ibérica y tres Copas de S.M. el Rey nos contemplan), propiciados por un grupo de jugadores-amigos con mucho talento y enorme capacidad de trabajo y sufrimiento, completamente amateurs, de la mano de un gran entrenador –alma mater de todo aquello-, con un buen trabajo directivo y de cantera, y con la inestimable -e indispensable- ayuda de una gran entidad patrocinadora, El Monte, cuyos responsables –con su presidente a la cabeza- supieron apostar por un buen equipo y asociarse al  trabajo en equipo, la humildad, la honestidad, el respeto y el esfuerzo, los grandes valores que suponen la impronta de nuestro deporte. Entre todos hicimos un buen trabajo. No estaría de más  intentar seguir apoyando la base del deporte para repetir los modelos de éxito.
Tuve el inmenso honor de vivir todo aquello como capitán de ese formidable e irrepetible  grupo de deportistas, y por encima de los triunfos, me quedo con la camaradería y las vivencias compartidas; pero siempre recordaré muy especialmente -quizá por ser la primera vez- la emoción vivida en aquel momento, aquel día, el rugido tras el pitido final, los inacabables abrazos emocionados con los compañeros, y la enorme e impagable sensación de satisfacción y júbilo, reflejada en aquellos exultantes y llorosos rostros de alegría.
Gracias por ese y por todos los momentos vividos, compañeros. Gracias, RUGBY
J. L. Ontiveros, C.C.R. 1975-1996
Foto: Juan Vélez

Foto: Juan Vélez