MAGNO CUM LABORE

LLORAMOS CONTIGO, ARGENTINA

Mi compañero Manu Moguer deja esta pequeña joya periodística en ABC, donde podemos leer la historia, posiblemente con tristísimo final, de un jugador cualquiera hijo de un entrenador cualquiera. Es una historia de rugby, o sea, una historia humana que han sufrido los amigos del Huelva Tartessos y que conmueve como sólo pueden hacerlo estas tragedias brutales e inesperadas. ¡Y nos llaman bestias por revolcarnos un poco, con lo hideputa que puede llegar a ser la vida!
http://sevilla.abc.es/andalucia/huelva/sevi-jugador-rugby-huelva-muertos-submarino-argentino- 201711271344_noticia.html
La historia de Patricio Martín es la de tantos argentinos (y unos cuantos uruguayos, como el gran Leo) que vinieron a enriquecer nuestro rugby a partir de 2002, cuando la economía de su país quedó demolida. Allí hay personas y personas, como en todas partes, pero su aportación en lo que nos
importa fue magnífica. Antes de que aterrizasen en La Cartuja el “mago” y el “búfalo” (que anda todavía por Sevilla), la avanzadilla de lo que fue llegando después de la mano del “pelado”. Hasta entonces, el Ciencias Club de Rugby no tenía consciencia de la palabra más importante de su nombre, la segunda.
Y fueron nuestros huéspedes de allende el Atlántico quienes importaron ese espíritu fraternal que trasciende al lazo de un lugar, el vestuario, en un momento concreto. Gracias a los argentinos, dejamos de ser un número equis de equipos para convertirnos, ahora sí, en un club.
Y es cierto que antes de ellos teníamos motes, pero no estaban igual de bien traídos; también hacíamos terceros tiempos, pero no jornadas de convivencia con choripán para comensales de entre 9 y 99 años; el que podía echaba una mano, pero no se sentía todo el mundo partícipe de la gestión; se cantaba en el autobús, pero sin agitar los brazos al compás; se pertenecía al Ciencias, en definitiva, porque lo ponía una ficha… pero casi nadie sabía que eso significaba más que los quince colegas con los que dábamos barrigazos por los campos. El fútbol y los clichés cinematográficos han dado mala prensa a los argentinos, sí, pero yo sueño todas las noches con un club argentinizado hasta el tuétano.
Lucas Haurie

YO JUEGO CON EL CIENCIAS

Un 22 de diciembre de mediados los noventa, se presentó en La Cartuja el Tecnidex de Valencia. El partido tendría su importancia, o no, y seguro que fue rico en esas batallitas nimias que con el tiempo crecen hasta adquirir un carácter legendario. Fue un partido más, o sea, tan memorable u olvidable como cualquiera excepto para el talonador visitante, un primera línea entradito en kilos, de los de antes, que recordará esa mañana mientras viva: le acababa de tocar el gordo de Navidad. Treinta millones de pesetas, 180.000 euros al cambio que suponían entonces una pequeña fortuna, restados dos decenios de inflación.
Total, que apuntad el 90172 y el 94793. Ésos son los números que jugamos en el sorteo de este año, tradición recobrada en el club por quienquiera que haya tenido la luminosa idea. Un año, en la prehistoria, nos tocó la pedrea y se gastó parte del premio, cobrado en la sucursal de la Caja de Granada que había en el Altozano, en unos balones de plástico para entrenar que eran un prodigio de diseño, un milagro de la tecnología ochentera: cuando llovía, resbalaban cual pastilla de jabón pero cuando no llovía… resbalaban aún más.
Vender papeletas es una pequeña gesta, otra más, que nuestros jugadores acometen con el entusiasmo de costumbre. Puede ser un coñazo, sin duda, pero nos educa sobre la dificultad que entraña lograr los recursos indispensables para el funcionamiento del club. La opulencia acomodaticia nos hizo abandonar esta pedagógica costumbre, que no hemos retomado antes por todo lo contrario: he participado en directivas en las que se descartó vender lotería porque no había dinero ni para comprar los billetes.
Las estrecheces unen, valga la literalidad de la frase, y un adolescente aprecia el material que usa, aunque sean unos espantosos balones de goma resbaladiza, cuando sabe que adquirirlo supone un esfuerzo. Si encima toca, como a aquel talonador valenciano, ni os cuento…
Lucas Haurie

BIGOTES, BARBAS Y OTRAS PILOSIDADES

Bueno, todo el mundo está al tanto: el mundo del rugby aprovecha el mes que empieza para realizar una masiva, planetaria, campaña de concienciación sobre el cáncer de próstata… y para saltar los jugadores al campo con unos bigotes imposibles. El movimiento “Movember” nos regaló magníficos ratos durante los años del dinero, cuando creíamos que íbamos a ser siempre ricos y nos permitíamos vaciladas como vender cerveza azul. Azul-Ciencias, naturalmente. Pero no se trata aquí de evocar “los tristes recuerdos del placer perdido” (Espronceda en su Canto a Teresa), sino de preguntarnos, como el Zavalita vargasllosiano, que cuándo se jodió todo esto.
Porque mostachos de todas clases, y también barbas, perillas, moscas, balbos, sotabarbas, chivas… siempre hubo en los campos de rugby: desde los pioneros oxonienses con sus orgullosos bigotes tudescos hasta la pilosidad salvaje de los polinésicos, el jugador ha lucido según modas o procedencias geográficas y hasta sociales, pues no había nada que excitase más a un granjero barbudo de Lourdes o de Pretoria que ajustarle las cuentas a un hijo lampiño de la high-class inglesa. Pero el dinero todo lo contamina, también la cabeza de los muchachos que no tienen otra cosa que hacer en la vida aparte de entrenar y mirarse al espejo (incluso mirarse al espejo
mientras entrenan, los muy…).
Entonces, ¿cuándo se jodió? Es posible que no acertemos a señalar un momento concreto o quizá sí, y alguien más recuerde ese espantoso engendro que los jugadores del Stade Toulousain perpetraron entre siglos, una inenarrable colección de fotos con efebos de musculatura hipertrofiada embadurnados con aceite (cuidado), tatuados (uf) y con el torso rasurado (puaj) que degeneró poco después en el colmo de la depravación: estrellas como Dan Carter, Morgan Parra o Chris Ashton saliendo a disputar test-matches con las cejas depiladas. Así, porque las cosas rara vez ocurren por casualidad, cada vez es más frecuente ver a jugadores protestando decisiones de los árbitros y, peor todavía, a entrenadores que se llevan un iPad al campo.
Lucas Haurie

VIVA LA GUARDIA CIVIL

Alejandro Romero, Benasi* para el siglo, es con toda seguridad el jugador del Ciencias Club de Rugby que más le ha exigido a su cuerpo y no a través de la actividad deportiva, sino debido a su durísima formación como militar en una de las unidades de combate más afamadas del Ejército español.
Avatares de la vida que no viene al caso recordar aquí, aunque son bien reveladores de carácter de una pieza de este hombre (escrito sea “hombre” con toda la connotación admirativa y de prestigio que estos infaustos tiempos de pitiminí le han restado al término), terminaron con él en la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil, donde desempeña desde hace años un impagable y mal pagado servicio público.
Hace unas semanas, Benasi advirtió a sus compañeros del equipo de veteranos del Ciencias CR que faltaría a los siguientes ‘tocatas’ porque debía desplazarse a Barcelona por motivos profesionales. Huelgan los detalles. El caso es que uno quiere imaginar, porque la ignorancia tiene la ventaja de permitirnos trasladar los pensamientos hasta el punto exacto en el que deseamos que estén, que sus muchos años de rugby han tenido un poquito que ver, siquiera un poquito, con el ejemplar comportamiento que la gente del Instituto Armado ha mostrado durante los tristes (también circenses,
por momentos) sucesos de Cataluña.
Al fin y al cabo, todos nos hemos visto alguna vez en un campo hostil con un árbitro en contra y frente a un adversario con querencia al trompazo desleal y antirreglamentario. Ahí es donde los tíos de una pieza emplean la fuerza justa, cargada de razón y ayuna de aspavientos. Gracias, gracias y mil veces gracias.
*El apodo deriva del apellido de Abdel Benazzi, tercera línea francés tan célebre por sus cualidades deportivas como por sus valores personales. En su libro “El factor humano”, sobre la epopeya de Nelson Mandela y el Mundial de 1995, John Carlin cuenta la acción de Benazzi que terminó trayendo el vídeo-arbitraje al rugby y, sobre todo, retrata el carácter de un gran deportista y un gran tipo. No busquen el correlato en el atajo cinematográfico realizado por Clint Eastwood, “Invictus”, porque se saltó el pasaje. Nuestro Benasi, les aseguro, no le va a la zaga a aquél.
Lucas Haurie
Foto: Foro de Cultura de Defensa

ESFUERZO GRANDE O PEQUEÑO, ESFUERZO ÚTIL

Como entre viejos amigos no son necesarias las presentaciones, excusará el lector la omisión y la osadía, que no es más que un desiderátum expresado torpemente. No, no formamos en el Ciencias Club de Rugby lo que se dice un grupo de amigos pero quizá, ojalá, sirvan los pequeños gestos para corregir una anomalía que ha durado demasiado tiempo. Hasta aquí llegó la broma, pudiéramos decirnos en un ejercicio de autocrítica, seguramente la más productiva de las virtudes. Nada de presentaciones, pues, y sí una cuestión previa: “Magno cum labore summum ascenditure”, he aquí la (encomiable) divisa de nuestro club; de lo que quiera que cada uno entienda como un club.
Vamos para el medio siglo de historia y puede que haya llegado el momento de hacer una pequeña exégesis, sin que se moleste el acuñador del lema, si es que anduviese cerca, o quienquiera que se lo desee atribuir. Ese “gran esfuerzo” que ha de llevarnos hasta “la cumbre”, en traducción tan libre como charcutera, ¿se refiere al arduo entrenamiento que nos permitirá hollar las cimas del rugby? No, seguramente, porque resultaría pretencioso, en el entendido de que cualquier parecido entre el alto nivel y lo que practicamos aquí es pura coincidencia. Será mejor tomárselo como un teresiano “camino de perfección”, un consejo individual, una píldora de autoayuda. Si todos los componentes del Ciencias CR –omitiremos la tópica referencia a la “familia” para no hacernos trampas en el solitario–, regalamos “esfuerzo” según nuestras capacidades, a lo mejor tenemos la suerte, algún día, de disfrutar de un club, esa “sociedad de personas con intereses comunes” (CO-MU- NES), y es palabra de DRAE. De modo que jugará el jugador, entrenará el entrenador, dirigirá el directivo… y así sucesivamente sin perder de vista nunca el adjetivo clave en todo este asunto que, casi por casualidad, también lo es en el deporte del rugby: comunes, en rotunda antonimia de particulares.
Mi única capacidad conocida, por otro lado, es la de escribir tonterías. Y como algún insensato ha tenido la amabilidad de pensar que podría resultar de alguna utilidad, pues aquí estoy.
Lucas Haurie