MAGNO CUM LABORE

ME DUELE (UNA PARTE DE) ESPAÑA

El Domingo de Pasión, mientras Ignacio del Rey Tirado pronunciaba el pregón de la Semana Santa en el Maestranza, la selección española, y todo el rugby nacional con ella, se disponía a celebrar su segunda clasificación para una Copa del Mundo, veinte años después de la aventura de Gales 99. Una victoria en Bélgica, contra un rival al que España había arrollado en la ida (30-0), bastaba para estar en Japón.
Perdimos porque jugamos un partido horroroso, no siendo del todo ajeno a esta derrota un arbitraje terriblemente casero, y tocaba apretar los dientes para afrontar la repesca. Pero no. En el instante mismo en el que Vlad Iordachescu decretó el final del partido en el Pequeño Heysel de Bruselas, emergió lo peor del carácter español, la parte menos noble de esta nación a la que –pese a mis apellidos– me enorgullezco de pertenecer.
Aunque ciertos defectos, características reprochables del yo colectivo que los enemigos del país han elevado a la categoría de leyenda negra, me llenen de vergüenza. Nuestros jugadores, ejemplares hasta entonces por su compromiso y magníficos en su rendimiento, protagonizaron un espectáculo infame que la Federación Española de Rugby debería haber repudiado de forma inmediata con sanciones sumarias. En lugar de eso, se escuchó un coro de tórpidas justificaciones y argumentos patrioteros que rayaban el bochorno.
Además, la FER se embarcó en una guerra de tahúres que nada tenía que ver con los pregonados valores del rugby, que ahora deberán ser tildados de “cacareados” valores del rugby porque resulta que nuestros portavoces eran gallinas disfrazadas de jugadores de ventaja. O sea, que el inmarcesible respeto al árbitro, lo llamamos “señor”, y al rival, nos matamos pero lo abrazamos en el tercer tiempo, sólo rige cuando el resultado nos sonríe. Si no, el uno es un corrupto y el otro, un tramposo que se beneficia de la corrupción. El rugby era una arcadia maravillosa y sólo 80 minutos después, era un estercolero que nosotros íbamos a limpiar a punta de recurso. Al final, el viejo cuento del cazador cazado. Vaya, vaya. Nos hemos
quedado sin Copa del Mundo, sí, y sobre todo no nos gusta nada lo que vemos en el espejo.
Lucas Haurie
Foto: elespanol.com

CON PAQUICHI EMPEZÓ TODO

Mi amigo y colega Javi Blázquez montó el otro día a don Francisco Alemán Piserra, cuyo cometido más reciente en el Ciencias Club de Rugby fue presidirlo. Antes, lo había sido todo; y cuando lean la palabra “todo”, pueden tomársela al pie de la letra.
Se ponderó especialmente, ahí manda lo emotivo, su faceta como creador (no se me ocurre otra palabra más atinada tras haberlo pensado unos minutos) de las categorías inferiores del club, esa estructura que hoy tanto nos enorgullece y que entonces constaba de un entrenador, él, para dirigir a los equipos formados por jugadores de entre 9 y 21 años, un Renault 11 gris, su coche, con el que un centenar de licenciados hacían los desplazamientos, y una bolsa de balones de goma en su mayoría pinchados, con el agarre de una jaboneta y una llamativa variedad de tamaños, todos antirreglamentarios. Ah, eso sí, se beneficiaba de las futuristas instalaciones del Parque de Chapina, en compañía de mosquitos que desecharían por gordos en sanfermines, y del descampado de la Feria, ese vergel sembrado de jeringuillas.
En los vídeos que fueron mandando los chavales de Paquichi, porque para él somos todavía “chavales” aunque algunos anden ya en busca de los cincuenta tacos, se escucharon un montón de palabras significativas: valores, formación, compañerismo, amistad, compromiso, esfuerzo, agradecimiento, generosidad, espíritu de sacrificio, risa, diversión, exigencia, competitividad, nobleza, equipo, respeto, lucha, sentimiento, Ciencias, honradez, trabajo, entrega… muchas palabras grandes, algunas enormes, cuyo sentido, todos nosotros, parcial o completamente, aprendimos gracias a Paquichi.
Sin embargo, nadie, quizá por pudor, se atrevió a pronunciar la palabra más importante de todas, la que resume con cuatro letras quién es este tío extraordinario en el doble sentido: porque es buenísimo y porque cuando lo parieron rompieron el molde para que no hubiese dos iguales. Esa palabra es AMOR.
A Paquichi, todos cuantos lo conocen le pueden agradecer muchas cosas porque es una de las personas más desprendidas que conozco. Pero nosotros, tus chavales, te debemos agradecer el habernos enseñado, en los años decisivos de la adolescencia, lo que es el amor. El amor a un club, el amor al deporte, el amor a este deporte en concreto, el amor a lo nuestro, el amor a los nuestros, el amor a las cosas bien hechas. El amor, simplemente el amor. El amor, eso lo hemos sabido mucho tiempo después, consiste en ponerse uno mismo en un segundo plano, en despojarse de todo egoísmo, y a eso nos empujaba Paquichi. “Si el siete le ha pegado a mi compañero y yo tengo al cuatro a tiro, le endiño una hostia al cuatro y que él se lo cuente al siete”. Esto es amor y esta enseñanza sirve para todos los órdenes de la vida.
Lucas Haurie

LA IMPORTANCIA DE SABER CALLAR

“Los niños deben jugar al rugby para conocer el esfuerzo y el sufrimiento del trabajo en equipo, respetar la autoridad, crecer bajo la aceptación, valorar el silencio y, sobre todo, lo que cuesta ganar un metro y lo fácil que es perderlo por no saber callar”. La cita, atribuida a un anónimo cura irlandés, es probablemente apócrifa, ya que el clero en tres cuartas partes de la Isla Esmeralda es católico y tradicionalmente enemigo de “los deportes del invasor” que execran en la GAA, la Asociación Atlética Gaélica creada a finales del siglo XIX para servir de pantalla a los activistas que luchaban por la independencia.
En cualquier caso, su pertinencia no admite discusión y conviene reivindicarla al socaire de los últimos acontecimientos o, mejor escrito, del ÚNICO ACONTECIMIENTO, del que se ha hablado esta quincena: el partido de la selección nacional en Bélgica y, sobre todo, del espectáculo bochornoso que algunos de sus jugadores ofrecieron en los minutos inmediatamente posteriores al mismo. En anteriores entregas, habrán comprobado el rendido entusiasmo con el que nos hemos referido en este rincón al vibrante grupo de españoles que han rozado el Mundial y que aún podrían disputarlo. Ninguna duda, pues, acerca de la adhesión de este opinante a la causa; ni tampoco, vaya asimismo por delante, sobre el infame arbitraje perpetrado por Vlad Iordachescu.
Y sirva esta advertencia a los biempensantes del oval que se creen desgajados de la misma costilla de William Webb Ellis: ¡Claro que se puede criticar a un árbitro de rugby! Como en todos los deportes, más cuanto más dinero se pone en juego, existen los colegiados parciales que, por inepcia o corrupción, determinan decisivamente el curso de las competiciones. Sólo el que no ha agarrado una pelota jamás, o quien esté tocado por la seráfica inocencia de los arcángeles, negaría esta realidad. Vlad Iordachescu es un canalla que apartó a España del segundo Mundial de su historia, esto se puede repetir hasta que revienten las cuerdas vocales; y los jugadores que lo persiguieron, no pueden volverse a poner la camiseta roja.
Lucas Haurie

UNA VICTORIA AL LADO DE WATERLOO

Lo van a hacer. La selección española de rugby, descarada y bendítamente volcada hacia el gran público con un patriotismo sin complejos al que se adhiere la mismísima Corona, se va a clasificar para la Copa del Mundo si no media catástrofe en Bruselas, lo que no es descartable vista la enemistad con la nación de cierto residente en la vecina Waterloo y el replús de batallas decisivas perdidas que les entrará con ese nombre a nuestros internacionales “franceses” adoptados. Si todo transcurre con normalidad, sin embargo, el equipo de Santiago Santos viajará en a Japón en 2019, veinte años después de la única experiencia mundialista de España.
Entre los pocos jugadores del plantel casi-mundialista formados en el solar patrio, se cuenta a David Barrera Howart, un segunda línea titularísimo que echó los dientes en el Ciencias antes de emigrar a Francia. Ahora juega en Bourg-en- Bresse, donde ha reclutado para la causa al centro Fabien Perrin. Será el primer mundialista español de nuestro club, que ya contó con cuatro jugadores en la máxima competición del rugby: los uruguayos Leo, Diego y Óscar y el tongano Kurt. La pica científica que David pondrá en Japón resarcirá, en parte, al gran Coco, medio de melé titular en el histórico partido contra Portugal que hace veinte años le dio a España, nada menos que en el Arms Park de Cardiff, su primer billete mundialista y que no pudo volver a Gales por una razón tan terriblemente prosaica como la falta de días de vacaciones.
Mientras tanto, Javi de Juan ha seguido con su vuelta al mundo en diez torneos –reserva en Las Vegas y en Vancouver– con una selección de seven que no disputará en julio el próximo Mundial de la modalidad debido a los problemas financieros que pudrieron la campaña de clasificación del verano pasado pero que crece en la jerarquía internacional y mantiene todas sus esperanzas de estar en Tokio 2020 igual que estuvo en Río. Antes, nos va a echar una mano en la fase de ascenso pero tiene muchas papeletas para
convertirse en el primer olímpico de la historia del Ciencias Club de Rugby.
Lucas Haurie
Foto: Juan Carlos Ogazón

ES RUGBY Y ES FEMENINO

Mariola Rus es al rugby femenino sevillano lo que Bosco Abascal fue al masculino. Cuando un importante porcentaje de sus amistades sólo sabía de nuestro deporte que “se juega sobre todo en Estados Unidos y en invierno es la Super Bowl”, ella se entretenía en capitanear a la selección nacional que se proclamaba campeona de Europa. Nada, poca cosa. Ahora está empeñada en convertir Andalucía en una de las regiones protagonistas en el desarrollo de una actividad que, lamentablemente, está centrada en Madrid, Barcelona y Galicia. El primer fin de semana de marzo, 300 jugadoras de toda España se concentrarán en Mairena para un torneo digno de vivirse.
Todos hemos repetido alguna vez esa broma que hoy constituiría una cima de la incorrección política: “El rugby femenino no es rugby ni es femenino”. Y en el Ciencias, concretamente, lo hemos desatendido (con la honrosa excepción de las edades en las que aún se practica en equipos mixtos) por falta de medios, sobre todo, y también por huir de esa picaresca un poquitín pestilente que consiste en ocuparse del deporte de mujeres en tanto en cuanto es posible a través de él allegar las ayudas públicas con las que se riega todo lo referente a la igualdad de género. No presumimos por ello pero tampoco hay motivos para flagelarse. Es saludable huir de la solemne indignación, el primer pasatiempo nacional.
Sí querría recordar, no obstante, la contribución que cuatro antiguos jugadores (y técnicos los tres primeros) de la casa han realizado para la causa del rugby femenino en España: Paco González, Hugo Serantes, Juan González –en capilla de la final del Campeonato Europeo al que ha acudido como entrenador de confianza del Yunque– y Eusebio Quevedo, éste en la modalidad de seven, han sido seleccionadores nacionales. No somos por tanto ajenos a la instalación de “las leonas” en la élite de las dos modalidades principales, con participaciones olímpica y mundiales a discreción. El último nombrado, de hecho, no irá a San Francisco en julio por una mamarrachada burocrática que lo obligó a apartarse del cargo y que ejemplifica, tristemente, que a nuestras autoridades políticas les importan más sus pequeñas miserias que el teórico objeto de sus desvelos.
Lucas Haurie
Foto: Joaquín López

NI EN EL CLUB, QUE NO HAY, NI EN LA TELE

Febrero, aparte del Carnaval, nos trae el “torneo” por antonomasia, el viejo Torneo de las V Naciones que antes empezaba el tercer sábado de enero y que ahora, con seis participantes, se encuadra como se pueda entre duelos de la Copa de Europa y jornadas de las distintas ligas nacionales. Pensaba dedicar esta entrada a anhelar de nuevo, en eterno bucle melancólico, un lugar en el que reunirnos a ver los partidos, un club físico que confiriese sentido pleno a la segunda C de nuestra razón social, Ciencias CR, pero yo mismo, al meditar la siguiente frase, he sentido pereza al pensar en abandonar el salón de casa.
Además, los tests entre las grandes naciones rugbísticas han perdido interés; no sólo porque el deporte mercantilizado multiplica las competiciones y convierte al VI Naciones en una reminiscencia añeja de los felices tiempos del amateurismo, que ya no volverán, sino porque el alcance infinitesimal de las retransmisiones ha evaporado el atractivo más importante para espectador: la sorpresa. Comienza el torneo y resulta que al último suplente de Italia, pongamos que un argentino recién nacionalizado, lo llevamos viendo desde que jugaba los suramericanos sub 15 con el combinado de Tucumán. Y ya no se pelean los rudos granjeros del Midi con los estirados licenciados oxonienses en los Inglaterra-Francia, ni están mellados los pilares galeses debido a la maldita democratización de la odontología.
Lo cual que el interés mayor de esta sesión de rugby internacional es la posible –porque es posible– clasificación de España para la próxima Copa del Mundo. A un triunfo, si es contra Rumanía, o al cabo de una larga repesca, la selección nacional depende de sí misma para estar en Japón y ello, aunque la procedencia de los convocados no sea del todo cañí, es motivo de orgullo e ilusión, además de una palanca de optimismo con la que activar el crecimiento de este deporte en nuestro país. Y como yo soy más del Ciencias que de la selección, me acuerdo ahora del Bola, que capitaneó este proyecto antes de zambullirse en el mundo laboral; y de Coco, que sacrificó su participación en Gales 1999 por el trabajo.
Lucas Haurie
Foto: Eurosport

DE GUIRIS, AMISTAD Y TURISMO

Uno de los viajes más fascinantes de mi vida, y sabe el Altísimo que no soy persona alérgica al aeropuerto, lo hice en 1999 a Nueva Zelanda, no sólo atraído por el rugby, sino sobre todo por los primeros guiris que vinieron al Ciencias. No es este espacio un blog de turismo, así que les ahorraré las descripciones, ni pueden contarse algunas de las escenas de aquella divertida ‘road movie’ protagonizada junto a hoy respetables (algunos más que otros) padres de familia. “Fix the machine”, resuena todavía la orden taxativa de un sevillano achispado como un eco perenne en la Bahía de Auckland.
Aquella experiencia, como la inolvidable juerga en la boda “concheta” de Fede Orteu o la amistad imperecedera con la Rata Santamaría, de cuya familia me considero parte, fue posible gracias a la relación trabada durante sus etapas en el Ciencias de algunos de los jugadores extranjeros que vinieron a lo largo de la historia reciente del club (algunos se han
quedado para siempre: Leo, Kane, Vincent, Búfalo…). Gonzalo Padró, Matías Frutos y Faamanatu Apirenu son los últimos que se han sumado a la lista: no queda sino brindarles una calurosa bienvenida y desearle la mejor de las suertes, porque su triunfo será el nuestro.
La llegada de foráneos remunerados a un club de orgulloso espíritu amateur genera reticencias de distinto orden, principalmente en el filosófico a través de una de las preguntas tópicas de la metafísica: “¿Cuál es el sentido de un ser si queda desnaturalizada su propia esencia?” Servidor, que no es demasiado listo, sería incapaz de responder, igual que no sabría discernir si la aportación deportiva de estos tres muchachos proporcionará un beneficio al Ciencias en forma de ascenso, porque ni siquiera estoy seguro de que ascender sea bueno. Desde un último punto de vista, quizá el más importante, sí es fantástica la venida de Gonzalo, Matías y Faamanatu: el humano. Quien esté cerca de ellos (compañeros, técnicos, directivos, arrimados en general) tendrá la oportunidad de echar una mano a un recién llegado a la ciudad, que no es tan amable con el forastero como presumimos, y posiblemente será recompensado con la amistad de alguien que podrá enseñarle su trocito del mundo.
Lucas Haurie

AL APOYO

Mi admirado Alejandro Romero ‘Benassi’ ha querido agradecer al club el trato que le ha dispensado en las últimas semanas, a raíz de su regreso de la última misión profesional que ha desempeñado. Lo hace con el texto que vais a leer a continuación y como cuando un crack agarra el balón, los jugadores malos que lo acompañamos sólo podemos correr detrás de él para apoyarlo, ahí os lo dejo sin más preámbulo.
“Me resulta difícil agradecer con palabras algo que en realidad se agradece con el corazón. Fui científico desde que empecé en este deporte que tanto me dio, me da y me dará. Este club me dio amigos y hermanos. En él conocí grandes personas de las que intenté aprender todo lo que pude. Y a día de hoy, ahí sigo, aprendiendo cada día y con la suerte de disfrutar con los Veteranos con un balón como excusa. Y así pretendo seguir en el futuro, disfrutando con ellos… Y a todo eso se añade el ver a mis hijos jugar y practicar el deporte
del oval en el mismo equipo que me inicié; ya os podréis imaginar los sentimientos que esto último me arranca.
Por mis venas corre sangre azul. Precisamente es por ellos, por mis hijos, por lo que se me hace nudo… por
los días que no estamos juntos a causa de mi trabajo, las semanas y meses que se hacen eternos y os aseguro que no es por propia voluntad. Es por todos vosotros, mis amigos, por los que no encuentro las palabras correctas para agradecer todo el apoyo recibido en estos turbios días políticos en los que, más que nunca, se agradece que un club de rugby no se pronuncie políticamente hacia ningún interés extradeportivo, pues el deporte, al fin y al cabo, es sólo deporte, que no es poco. De esto se debería tomar nota y ejemplo en otras disciplinas.
Es un orgullo pertenecer al Ciencias y poder hablar y entablar conversación con personas que seguro no piensan igual que yo, que seguro no ven los mismos colores en el cuadro que veo yo, pero que saben demostrar esa caballerosidad que nos enseña el rugby. Las diferencias nos enriquecen y el respeto nos une. Eso lo aprendemos en esos duros partidos en los que no hay manera de practicar el juego que se diseñó con tanto esfuerzo en el entrenamiento porque el rival no nos deja. Esa lucha leal nos puede dejar secuelas en nuestro físico, pero el respeto del tercer tiempo nos cura el alma. Tal vez, ahí esté la clave, en el respeto; ese respeto tan necesario en estos días y en todos los ámbitos de la vida.
Me resulta grosero y poco cordial por mi parte dar nombres propios en esta nota. La lista sería interminable si me pongo a agradecer lo tanto que me habéis enseñado en estos años y que quiero seguir aprendiendo, pero sí me gustaría haceros entender que no me siento merecedor de todos los elogios volcados hacia mi persona, pues yo simplemente me siento un fiel servidor de todos vosotros y un eterno aprendiz. Nunca quise ser protagonista, aunque a veces los derroteros de la vida te llevan a atraer los focos de forma no deseada. Los mismos derroteros que me han llevado a caer y levantarme una y otra vez, como un árbol cualquiera que rebrota…un granado, por ejemplo, al que cortan todas las ramas y piensas que nunca volverá a sanar y lo ves al tiempo y ha vuelto a salir adelante y sigue dando sus frutos. Muchas de esas veces en las que me he levantado lo he hecho con mi mente puesta en las personas que ahora estáis leyendo esto
utilizándolos como motivación e inspiración.
He querido pasar desapercibido, y así quiero seguir, por eso tomé esta profesión, la profesión de servir sin mirar a quién, ni color político, ni el color de su camiseta de juego…y así espero y deseo continuar en la vida. Sin esperar nada a cambio, sólo vuestras enseñanzas.
Espero que toméis mi sincero agradecimiento desde el corazón y recordéis que desde la humildad se pueden alcanzar grandes metas, como ya alcanzó este Club y como aún le quedan por alcanzar, no tengo duda.
Finalmente, permitidme la ¨grosería¨, pero necesito dar las gracias abiertamente a mi mujer y a mis hijos, por comprender mi oficio, por dejarme ser tal como soy y por estar siempre a mi lado.
Eternamente vuestro, con sangre azul por mis venas, a los pies del Ciencias”.
Lucas Haurie

FÁBULA DEL GUARDAMETA, EL CHEF Y EL DIRECTIVO

Todos hemos perpetrado alguna vez un partido de futbito entre amigos: se junta un número par de tuercebotas, se separan los que llevan camiseta blanca y camiseta oscura, se apaña un balón y… ¿quién se pone de portero?
Al guardameta improvisado, como al abnegado parrillero de las barbacoas, no se le protesta. Si se traga un gol de verbena o saca un filete chamuscado, se le dedica una sonrisa de ánimo, una palmadita, una palabra reconfortante… Oye, el tío se ha colocado en el peor de los puestos para que los demás disfrutemos de nuestro ratito de ocio. Exigirle que agregue competencia a la buena voluntad es un exceso en las lindes del abuso.
He participado durante más de un decenio en distintas directivas del Ciencias Club de Rugby, y ya me disculpará el lector la reiteración de la primera persona, tiempo en el que el número de errores cometidos multiplicó por cien, o por más, el de aciertos. Por desgracia para el club, a ninguna de nuestras reuniones asistió jamás Florentino Pérez para ilustrarnos con su sapiencia: lo esperábamos como los personajes de Samuel Beckett esperaban a Godot, y nos quedamos con las mismas ganas de saludarlo que ellos. Eso sí, nuestros amigos científicos tenían la deferencia de no recordarnos nuestra torpeza cada treinta segundos; lo que hacía el trabajo, si no grato, sí al menos llevadero.
En cierta ocasión, un entrenador nos sugirió la contratación de un psicólogo,
medida que acogimos con entusiasta agradecimiento al técnico, que además
era amigo… hasta que nos enteramos de que no era para que nos tratase a
los directivos, sino para los jugadores.
Alguien que, como el firmante, se dedica profesionalmente a la crítica tendría muy fácil agitarle a la actual directiva en la cara todo un memorial de reproches. ¡Tampoco a ellos se les ha aparecido don Florentino, vaya por Dios! Sin embargo, el club no ha sobrevivido los tres últimos años gracias a mi afilada mordacidad, sino a las horas que unos cuantos tipos le han robado a su familia sin otra recompensa que una montaña de problemas. Y yo, que soy tan listo, ni siquiera encontré un rato para ir a la asamblea de socios del pasado día 27. A mí me encantaría que Buffon fuese el portero de mis pachangas o que Ferrán Adriá me asase las chuletas pero…
Gracias de todo corazón, seáis quienes seáis.

 

Lucas Haurie

VETERANOS: PASADO Y PRESENTE

Hace dos decenios, mi presencia en un campo de rugby era peligrosa para mi integridad física, antes que nada, y también grotesca para el espectador.
Con mi edad actual… en fin, puede que alguno hasta se animase a lanzarme bellotas. Quiero decir con esto que mi pertenencia a los veteranos del Ciencias es menos que testimonial (dos años después, todavía me están esperando para que me estrene en los tocatas) y, sin embargo, me permito afearle a tantísimos jugadores como han pasado por el club su insobornable separación del mismo. Con independencia de los logros deportivos de cada cual, todos fútiles como cualquier gloria mundana, debe ser doloroso extirparse sin anestesia una parte tan importante de la educación sentimental.
Disculparán la inmodestia si les digo que me manejo mucho mejor en los almuerzos, cenas, aperitivos, alternes, picoteos o francachelas de toda condición. Soy lo que en una época definían los técnicos a esos jugadores que van de menos a más: transparente en los dos primeros tiempos pero incontenible en el tercero. En eso consisten básicamente las asociaciones de veteranos, que en muy segunda instancia sirven también para hablar de algún asunto serio y chocarse con oportunidades interesantes para, sobre todo, ayudar e incluso puede que para encontrar ayuda. Tan aficionados como somos en Sevilla a la calle, y a los del Ciencias nos sigue costando un mundo articularnos alrededor de una cerveza.
Desde ese exilio que se autoimpone el jugador en cuanto deja de serlo, se hace complicado seguir comprendiendo al club. Porque en las reuniones de veteranos, ¡faltaría más!, se escuchan muchas batallitas antañonas y se llega al convencimiento de que los actuales All Blacks perderían por treinta
puntos con quienes nos pasábamos un “wallaby” de media tonelada en Chapina pero también se aprende cómo es el club actualmente: nos acercan la realidad del Ciencias a quienes la desconocemos por completo porque estamos refugiados en el confortable limbo de los recuerdos. Las pequeñas regresiones al pasado no son sólo portadoras de sabrosos bocados de nostalgia, también son instructivas.
Y luego, en fin, están los peores zoquetes: aquéllos que creen que todo lo saben.
Lucas Haurie

LLORAMOS CONTIGO, ARGENTINA

Mi compañero Manu Moguer deja esta pequeña joya periodística en ABC, donde podemos leer la historia, posiblemente con tristísimo final, de un jugador cualquiera hijo de un entrenador cualquiera. Es una historia de rugby, o sea, una historia humana que han sufrido los amigos del Huelva Tartessos y que conmueve como sólo pueden hacerlo estas tragedias brutales e inesperadas. ¡Y nos llaman bestias por revolcarnos un poco, con lo hideputa que puede llegar a ser la vida!
http://sevilla.abc.es/andalucia/huelva/sevi-jugador-rugby-huelva-muertos-submarino-argentino- 201711271344_noticia.html
La historia de Patricio Martín es la de tantos argentinos (y unos cuantos uruguayos, como el gran Leo) que vinieron a enriquecer nuestro rugby a partir de 2002, cuando la economía de su país quedó demolida. Allí hay personas y personas, como en todas partes, pero su aportación en lo que nos
importa fue magnífica. Antes de que aterrizasen en La Cartuja el “mago” y el “búfalo” (que anda todavía por Sevilla), la avanzadilla de lo que fue llegando después de la mano del “pelado”. Hasta entonces, el Ciencias Club de Rugby no tenía consciencia de la palabra más importante de su nombre, la segunda.
Y fueron nuestros huéspedes de allende el Atlántico quienes importaron ese espíritu fraternal que trasciende al lazo de un lugar, el vestuario, en un momento concreto. Gracias a los argentinos, dejamos de ser un número equis de equipos para convertirnos, ahora sí, en un club.
Y es cierto que antes de ellos teníamos motes, pero no estaban igual de bien traídos; también hacíamos terceros tiempos, pero no jornadas de convivencia con choripán para comensales de entre 9 y 99 años; el que podía echaba una mano, pero no se sentía todo el mundo partícipe de la gestión; se cantaba en el autobús, pero sin agitar los brazos al compás; se pertenecía al Ciencias, en definitiva, porque lo ponía una ficha… pero casi nadie sabía que eso significaba más que los quince colegas con los que dábamos barrigazos por los campos. El fútbol y los clichés cinematográficos han dado mala prensa a los argentinos, sí, pero yo sueño todas las noches con un club argentinizado hasta el tuétano.
Lucas Haurie

YO JUEGO CON EL CIENCIAS

Un 22 de diciembre de mediados los noventa, se presentó en La Cartuja el Tecnidex de Valencia. El partido tendría su importancia, o no, y seguro que fue rico en esas batallitas nimias que con el tiempo crecen hasta adquirir un carácter legendario. Fue un partido más, o sea, tan memorable u olvidable como cualquiera excepto para el talonador visitante, un primera línea entradito en kilos, de los de antes, que recordará esa mañana mientras viva: le acababa de tocar el gordo de Navidad. Treinta millones de pesetas, 180.000 euros al cambio que suponían entonces una pequeña fortuna, restados dos decenios de inflación.
Total, que apuntad el 90172 y el 94793. Ésos son los números que jugamos en el sorteo de este año, tradición recobrada en el club por quienquiera que haya tenido la luminosa idea. Un año, en la prehistoria, nos tocó la pedrea y se gastó parte del premio, cobrado en la sucursal de la Caja de Granada que había en el Altozano, en unos balones de plástico para entrenar que eran un prodigio de diseño, un milagro de la tecnología ochentera: cuando llovía, resbalaban cual pastilla de jabón pero cuando no llovía… resbalaban aún más.
Vender papeletas es una pequeña gesta, otra más, que nuestros jugadores acometen con el entusiasmo de costumbre. Puede ser un coñazo, sin duda, pero nos educa sobre la dificultad que entraña lograr los recursos indispensables para el funcionamiento del club. La opulencia acomodaticia nos hizo abandonar esta pedagógica costumbre, que no hemos retomado antes por todo lo contrario: he participado en directivas en las que se descartó vender lotería porque no había dinero ni para comprar los billetes.
Las estrecheces unen, valga la literalidad de la frase, y un adolescente aprecia el material que usa, aunque sean unos espantosos balones de goma resbaladiza, cuando sabe que adquirirlo supone un esfuerzo. Si encima toca, como a aquel talonador valenciano, ni os cuento…
Lucas Haurie

BIGOTES, BARBAS Y OTRAS PILOSIDADES

Bueno, todo el mundo está al tanto: el mundo del rugby aprovecha el mes que empieza para realizar una masiva, planetaria, campaña de concienciación sobre el cáncer de próstata… y para saltar los jugadores al campo con unos bigotes imposibles. El movimiento “Movember” nos regaló magníficos ratos durante los años del dinero, cuando creíamos que íbamos a ser siempre ricos y nos permitíamos vaciladas como vender cerveza azul. Azul-Ciencias, naturalmente. Pero no se trata aquí de evocar “los tristes recuerdos del placer perdido” (Espronceda en su Canto a Teresa), sino de preguntarnos, como el Zavalita vargasllosiano, que cuándo se jodió todo esto.
Porque mostachos de todas clases, y también barbas, perillas, moscas, balbos, sotabarbas, chivas… siempre hubo en los campos de rugby: desde los pioneros oxonienses con sus orgullosos bigotes tudescos hasta la pilosidad salvaje de los polinésicos, el jugador ha lucido según modas o procedencias geográficas y hasta sociales, pues no había nada que excitase más a un granjero barbudo de Lourdes o de Pretoria que ajustarle las cuentas a un hijo lampiño de la high-class inglesa. Pero el dinero todo lo contamina, también la cabeza de los muchachos que no tienen otra cosa que hacer en la vida aparte de entrenar y mirarse al espejo (incluso mirarse al espejo
mientras entrenan, los muy…).
Entonces, ¿cuándo se jodió? Es posible que no acertemos a señalar un momento concreto o quizá sí, y alguien más recuerde ese espantoso engendro que los jugadores del Stade Toulousain perpetraron entre siglos, una inenarrable colección de fotos con efebos de musculatura hipertrofiada embadurnados con aceite (cuidado), tatuados (uf) y con el torso rasurado (puaj) que degeneró poco después en el colmo de la depravación: estrellas como Dan Carter, Morgan Parra o Chris Ashton saliendo a disputar test-matches con las cejas depiladas. Así, porque las cosas rara vez ocurren por casualidad, cada vez es más frecuente ver a jugadores protestando decisiones de los árbitros y, peor todavía, a entrenadores que se llevan un iPad al campo.
Lucas Haurie

VIVA LA GUARDIA CIVIL

Alejandro Romero, Benasi* para el siglo, es con toda seguridad el jugador del Ciencias Club de Rugby que más le ha exigido a su cuerpo y no a través de la actividad deportiva, sino debido a su durísima formación como militar en una de las unidades de combate más afamadas del Ejército español.
Avatares de la vida que no viene al caso recordar aquí, aunque son bien reveladores de carácter de una pieza de este hombre (escrito sea “hombre” con toda la connotación admirativa y de prestigio que estos infaustos tiempos de pitiminí le han restado al término), terminaron con él en la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil, donde desempeña desde hace años un impagable y mal pagado servicio público.
Hace unas semanas, Benasi advirtió a sus compañeros del equipo de veteranos del Ciencias CR que faltaría a los siguientes ‘tocatas’ porque debía desplazarse a Barcelona por motivos profesionales. Huelgan los detalles. El caso es que uno quiere imaginar, porque la ignorancia tiene la ventaja de permitirnos trasladar los pensamientos hasta el punto exacto en el que deseamos que estén, que sus muchos años de rugby han tenido un poquito que ver, siquiera un poquito, con el ejemplar comportamiento que la gente del Instituto Armado ha mostrado durante los tristes (también circenses,
por momentos) sucesos de Cataluña.
Al fin y al cabo, todos nos hemos visto alguna vez en un campo hostil con un árbitro en contra y frente a un adversario con querencia al trompazo desleal y antirreglamentario. Ahí es donde los tíos de una pieza emplean la fuerza justa, cargada de razón y ayuna de aspavientos. Gracias, gracias y mil veces gracias.
*El apodo deriva del apellido de Abdel Benazzi, tercera línea francés tan célebre por sus cualidades deportivas como por sus valores personales. En su libro “El factor humano”, sobre la epopeya de Nelson Mandela y el Mundial de 1995, John Carlin cuenta la acción de Benazzi que terminó trayendo el vídeo-arbitraje al rugby y, sobre todo, retrata el carácter de un gran deportista y un gran tipo. No busquen el correlato en el atajo cinematográfico realizado por Clint Eastwood, “Invictus”, porque se saltó el pasaje. Nuestro Benasi, les aseguro, no le va a la zaga a aquél.
Lucas Haurie
Foto: Foro de Cultura de Defensa

ESFUERZO GRANDE O PEQUEÑO, ESFUERZO ÚTIL

Como entre viejos amigos no son necesarias las presentaciones, excusará el lector la omisión y la osadía, que no es más que un desiderátum expresado torpemente. No, no formamos en el Ciencias Club de Rugby lo que se dice un grupo de amigos pero quizá, ojalá, sirvan los pequeños gestos para corregir una anomalía que ha durado demasiado tiempo. Hasta aquí llegó la broma, pudiéramos decirnos en un ejercicio de autocrítica, seguramente la más productiva de las virtudes. Nada de presentaciones, pues, y sí una cuestión previa: “Magno cum labore summum ascenditure”, he aquí la (encomiable) divisa de nuestro club; de lo que quiera que cada uno entienda como un club.
Vamos para el medio siglo de historia y puede que haya llegado el momento de hacer una pequeña exégesis, sin que se moleste el acuñador del lema, si es que anduviese cerca, o quienquiera que se lo desee atribuir. Ese “gran esfuerzo” que ha de llevarnos hasta “la cumbre”, en traducción tan libre como charcutera, ¿se refiere al arduo entrenamiento que nos permitirá hollar las cimas del rugby? No, seguramente, porque resultaría pretencioso, en el entendido de que cualquier parecido entre el alto nivel y lo que practicamos aquí es pura coincidencia. Será mejor tomárselo como un teresiano “camino de perfección”, un consejo individual, una píldora de autoayuda. Si todos los componentes del Ciencias CR –omitiremos la tópica referencia a la “familia” para no hacernos trampas en el solitario–, regalamos “esfuerzo” según nuestras capacidades, a lo mejor tenemos la suerte, algún día, de disfrutar de un club, esa “sociedad de personas con intereses comunes” (CO-MU- NES), y es palabra de DRAE. De modo que jugará el jugador, entrenará el entrenador, dirigirá el directivo… y así sucesivamente sin perder de vista nunca el adjetivo clave en todo este asunto que, casi por casualidad, también lo es en el deporte del rugby: comunes, en rotunda antonimia de particulares.
Mi única capacidad conocida, por otro lado, es la de escribir tonterías. Y como algún insensato ha tenido la amabilidad de pensar que podría resultar de alguna utilidad, pues aquí estoy.
Lucas Haurie