Lo que echo de menos del rugby

Lo que echo de menos del rugby

Cuando empecé a interesarme por el rugby, hace ya más de tres décadas, no tenía ninguna ascendencia rugbística familiar y sí muy futbolera, recuerdo las “peleas” por ver en la segunda cadena, en aquella época solo había dos, de televisión el rugby, el Cinco Naciones, a pesar de la insistencia de mi padre para que lo dejara porque que era un “deporte de bárbaros”, yo decididamente prefería ver el que considero el deporte más maravilloso que existe, aunque me perdiera por un equipo de mi ciudad del popular y televisivo fútbol. La realidad evidenció que no era demasiado bueno para el deporte del balón “mikasa” y que el rugby sólo podría seguirlo por la tele, en aquella época había poco que rascar del rugby por nuestra bendita tierra. 

Pero el tiempo y la suerte, de poder tener a gente apasionada por el oval en mi ciudad, me puso en posibilidades de ver con mis ojos, era apenas mayor de edad, la mayor conjunción de jugadores y resultados favorables en rugby vivido en nuestra Sevilla, en lo que llevo vivido, la época gloriosa del que considero mi club, mi CIENCIAS, disfruté de los mejores momentos entonces, sufrí como simple espectador de los tiempos posteriores de circunstancias desagradables después, descensos incluidos, y el tiempo como una travesía en el desierto, sin pena ni gloria, me dejó siempre un lugar para el rugby, seguí asistiendo a presenciar en Cartuja a mi equipo de rugby. Luego llegaron cambios, ver a mi hijo jugar, la suerte de que los resultados vuelvan a ser razonables, el compromiso y esfuerzo desprendido de mucha gente, conocer las tripas por dentro, vivir al lado de niños, chavales y sus progenitores lo que realmente es el rugby, me ha hecho comprender, aunque antes lo intuyera, la importancia que tiene este deporte, no sólo como esencia deportiva, ni de ejercicio físico, considero que realmente es lo que, sin duda, se puede llamar una escuela de vida para nuestros hijos e hijas, para sus padres y madres, y para muchos y muchas mayores que desinteresadamente se desviven por hacer posible la maravillosa aventura que este deporte te hace vivir. 

Ahora que nos falta, por esta maldita pandemia que nos tiene a muchos, confinados, desorientados, perdidos, sin entender muy bien qué pasa, me gustaría escribir sobre cuanto echo de menos al RUGBY. 

Lo añoro porque me ha enseñado no sólo en el campo de lo deportivo. El rugby me ha hecho comprender que se puede jugar siendo corpulento. Que hay un lugar para cada uno y que se debe luchar hasta que se encuentra. También me ha hecho vislumbrar que el gordo puede enamorarse del deporte, entrenar, ir al gimnasio, potenciarse, jugar y ganar, transformando su supuesta debilidad en una incontenible fortaleza. 

Lo recuerdo porque me fue sorprendiendo cuando, por primera vez, vi a mi hijo tapada su cabeza por la espalda de un compañero de su equipo para impedir que la bota del contrario la pisara. A partir de allí, aprendí, aprecié y comprendí –como todos y todas- esa práctica que refleja el espíritu de equipo, de amistad y, sobre todo, de lealtad, esencial en el rugby. 

También me hizo ver que en determinados momentos se debe bajar la cabeza como un toro, concentrar toda la energía e ir hacia adelante buscando la línea de marca del contrario, aún sin saber exactamente las consecuencias de tal decisión. Liberar todas las energías, tu instinto y tus sentidos ya que sin duda te permitirá alcanzar las metas propuestas con orgullo y pasión. 

Lo rememoro porque me mostró que el juego termina cuando suena el silbato, que se debe abrazar al rival tras el pitado final y disfrutar relajadamente un tercer tiempo de reconciliación con los jugadores, educadores, educadoras, padres, madres y aficionados del equipo contrario. Me enseñó a construir relaciones fructíferas, cuanto he disfrutado, más allá de las dificultades que pudieran surgir en el corto plazo. 

Lo evoco porque me hizo saber y comprender, a diferencia del otro deporte que me apasiona, que el árbitro es sagrado, y que, a pesar del eufórico entusiasmo del juego, las reglas deben ser cumplidas y que las decisiones del señor colegiado independientemente de su trascendencia, desacierto o acierto y de su tamaño, deben ser inapelables, incontestables e indiscutibles te sean o no favorables. 

Lo echo en falta porque me mostró que cuando salen del vestuario tras la batalla en el terreno de juego, con señales y marcas significa que lo han dejado todo en la cancha. Como se debe disfrutar de la sensación del deber cumplido, incluso más allá de los resultados, porque jugar y dejarlo todo en la cancha, ya es ganar. 

Lo recuerdo porque me hizo comprender que la vida es “todo terreno” y que, a veces, nos lleva a jugar en verdes canchas con delicadas alfombras, otras en patatales o con barro hasta los tobillos, y otras en áridas superficies de tierra seca (antes, ahora casi nunca). Que la meta puede ser la misma pero la estrategia, para jugar y triunfar, puede variar. 

Lo echo en falta porque te demuestra cómo es compatible el trabajo duro con la mayor diversión. Que, cuando uno se enamora de lo que hace, pocas barreras pueden frenarlo. Me incitó a celebrar los éxitos en su medida justa, pero también los fracasos, tras haber comprobado como se dejaba hasta la última gota de sudor en la cancha. 

Lo añoro porque pude comprender que no importa ganar o perder sino jugar. Jugar mucho y divertirse. Porque jugando se aprende de los errores, se comprende la complejidad del juego de equipo y aumentan las posibilidades de éxito en las metas que nos propongamos. 

Hoy echo mucho de menos al rugby y NO es por el confinamiento o por el encierro obligado en casa, es la sensación de no tener libertad para elegir si quedarte encerrado o ir a ver directamente un partido de mis niños o del primer equipo del Ciencias, o de las Cocos, de tomarte una cerveza con tu gente, con tu familia del rugby, de poder ir por la calle o por el parque; es no poder decidir si llegarte a ver a tu familia o a un amigo, es por la falta de costumbres forzosamente cambiadas por otras, es ilusión para sobrevivir y no salir tocados porque esto va para bastante tiempo, es descubrir aspectos nuevos de la solidaridad que nunca debió faltarnos, que perdimos por el camino, es tiempo para discernir en lo que esta sociedad está realizando rematadamente mal y no repetir nunca más los mismos errores; es descubrir emocionados la grandeza de muchos corazones; es comprobar la vileza de otros tantos…, creo que el rugby atesora muchas de estas dignidades. 

Siempre pensando y divagando en tener que comprobar cada día que tus familiares, tu gente del rugby y tus amigos, en la distancia, no estén afectados; es echar de menos a tantos, aunque nos viésemos todos los días, en los entrenamientos, en los partidos, o de cuando en cuando. 

Ahora que parece, que la temporada rugbística ha sido suspendida, que posiblemente ya no vuelva a disfrutar de tan cerca – desde dentro del rugby, que todas las actividades que nos ponían a todos y todas a remar en la misma dirección, echo cada día más de menos al deporte más maravilloso que existe, convencido y deseoso de que este partido lo vamos a ganar entre todos y todas, muy unidos, agradeciendo a quienes se están partiendo el alma para que todo vuelva a ser como antes, o muy parecido, os deseo mucha salud, que no perdáis el ánimo, ni la esperanza, así que garantizaros que de esta saldremos, reforzados como civilización mejor y como seres humanos diferentes pero más sensatos. En último lugar, porque será señal de que estamos la gran mayoría bien y deseando que suceda, pedir que vuelva pronto el RUGBY. 

Antonio Sosa.