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El preso, con el alma ausente, y el cuerpo presente, automatizó sus cortos pasos en ese corredor gris alicatado, tan amigo de sus amigos, que en cada llaga de cemento lleva escrito un mensaje de esperanza. Al fin, llegó a su celda. Útero maternal de una infancia perdida, quietud en el tiempo al recordar por un fugaz instante, la ambigua felicidad ofrecida por una tarta de Primera Comunión. Lástima, que fuera inexorablemente interrumpida, por el soniquete entrecortado del chorro de un oscuro orín, que sobre la inoxidable taza, su compañero de cresta gallinácea, enganchado al momentáneo vacío del polvo blanco, y a una inseparable muerte, parecía entonar. Y así, el enmonado, apoyado en el quicio enrejado, para no derrumbarse, y elevando la mirada, a un cielo de código de barras, resoplaba sin acierto, intentando trinar el God Save the Queen.

El balón entro en la celda. Esa, cuya puerta es infranqueable. Esa, cuyo equilibrio moderno no ofrece solución de continuidad, y sorprende sin dejar pacientes a unos, y a otros. Esa celda, cuyo corazón, es tan oscuro y tan ignorado, como el de un carbonero de antracita senegalés en una noche oscura, dentro de un túnel oscuro. ¡Joder!, la celda donde se parten los cuellos. El balón está en el centro, en la penumbra del arco, donde solo seis carceleros pueden palpar su encanto, donde se cuece la verdad, y el referee poco puede hacer.

El resto, los diez del patíbulo, son meros espectadores, pero, participan del íntimo espectáculo. Nadie más, se enriquece de la sabiduría que guarda el momento. Sólo dos, imponen su ley, queriendo alcanzar a un delincuente, que merodea ambas sombras divagando a su antojo. Los otros cuatro, anhelan, y buscan sin descanso, la borrachera, la gula, y el dulzor de la yerba fresca. Pero, sólo uno alcanzará la gloria. El más listo de la promoción. El carcelero incompasivo, el tormento del nulo malhechor, la pesadilla persecutoria de un balón, que busca descaradamente su fuga, por la ventana opuesta a la puerta del entramado. Esa, que inexplicablemente no tiene barrotes.

Cuando el dulzor de la brisa se palpaba en el cuero desgastado, cuando los pespuntes del hilo marrano reflejaban su color amarillento, cuando el balón era casi inalcanzable para el pié del guardián, y paladeaba la delgada línea, que separa la libertad de la pena. En ese preciso instante, el excelente carcelero talonador, acompasado por la cuadrilla morcillona, desplegó con todo su esfuerzo, su descoyuntado hombro, y evitó así, la libertad de un malévolo oval. Talonó sin escrúpulo al reo alocado, y lo privó de la ansiada suelta, elevándolo de nuevo a su cadena perpetúa, impropia de su ser, como lo es la del nitrógeno líquido.

No existe en el Universo mayor libertad, que la que ofrece un balón de rugby. Su libertad, va más allá de su presunción de movimientos, y su poder, radica precisamente en su magnífica libertad. Por eso, por ser rubiers de la vida, y disfrutar de la libertad suprema que nos impone nuestro deporte. Por ser participes de esa generosidad desmedida, para nada previsible, que planea cada vez que un balón de rugby entra en una melé, o bota tras una patada. Y consecuentemente, para ofrecer ortodoxo testimonio de nuestro compromiso, seremos por el tiempo necesario, los carceleros primogénitos de un balón mortífero, que incansable, e inexpugnablemente busca a sus víctimas. Pero, juntos en la melé de nuestra celda, vamos hacer que quede atrapado, y amonestado indefinidamente. Solo de este modo, volveremos a disfrutar de tan maravilloso balón, que ha día de hoy se antoja deshinchado, agrietado, sucio, y negado momentáneamente de su presumida y legítima libertad.

¡¡¡ RUBIERS; POR GENEROSIDAD, POR LA LIBERTAD Y POR LA VIDA; TODOS EN CASA !!!

Paco Alfonso

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