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Comencé a jugar al rugby a los 9 años, gracias a mi hermano Horacio que, ya universitario, jugaba con el Ciencias. Creo que fuimos de los primeros alevines y cadetes del rugby sevillano. Nuestro otro entrenador era Miguel Aldecoa. Los dos hacían las veces de entrenadores, educadores y hermanos mayores. También tuve la suerte de tener de profesor de educación física en el Colegio Alemán a Antonio Mejías, todo un señor del rugby sevillano.

Desde los 9 a los 17 jugué en todas las categorías, llegando a ser convocado a representar a Andalucía en el Campeonato de España de selecciones autonómicas. Con 17 años me fui a estudiar a Estados Unidos, donde jugué con el Detroit Rugby Football Club, y luego en Bélgica, en el equipo de la Universidad Libre de Bruselas. De las muchas cosas que eché de menos al irme de Sevilla, dejar a mi equipo de rugby fue una de ellas. Ver al Ciencias ascender, crecer y ganar fue la mayor satisfacción en la distancia.

Recuerdo que jugábamos en Chapina, y dividíamos el campo haciendo montones con la ropa deportiva. Nada de conos naranja, y mucha hierba no había en aquel entonces, pero la ilusión de jugar al rugby superaba cualquier carencia material. Vestir la camiseta del Ciencias era todo orgullo, aunque las calzonas y las medias no fueran a juego y las botas fuesen prestadas. El tercer tiempo en Casa Celestino consistía en bocatas y Caseras de litro de limón. Recuerdo que después nos mudamos a Villa Carmen, en el Charco de la Pava. Las instalaciones aquellas eran de lo más básico, pero había agua caliente y un bar donde nos fiaban bocadillos de ‘chope’. Por aquel entonces nuestros contrincantes eran el Colegio Aljarafe, el CAR – Portaceli y el Divina Pastora de San Jerónimo. Me acuerdo de un torneo que fuimos a jugar a Madrid… Fue tal la impresión de jugar en un campo de césped que descubrimos el ‘gusto’ de placar sin desollarnos la piel. Nos quedamos en el Hotel Metropol, calle Montera. Y claro, con 12 años, la impresión de ir a Madrid se le queda a uno grabada en la retina para siempre.

El caso es que España era muy diferente entonces. Estamos hablando de 1979/1980. Ver jugar al ’Negro Pomarez’, a Nicky Neva, a Jaramillo, a Curro Peña, a Potolo, a Jorge (un medio melé argentino que jugaba de miedo), a Paquichi… Luego jugar con los Morote, Javi Campeón, Javi Turmo, Óscar, Ferreti y su hermano Fede, los hermanos Zarso, Bosco, el Canijo, el Onti… ¡Qué bien lo pasé y qué buenas enseñanzas me llevé del rugby!

Mucho se ha escrito sobre los valores del rugby: el compañerismo entre los 15, la caballerosidad en el campo y fuera de él, el respeto a las reglas y al árbitro… Doy fe que es así y que son enseñanzas que le sirven a uno en el entorno laboral y profesional.

En esta ocasión yo quisiera destacar dos cosas que, en aquellos años formativos, me aportaron lecciones de vida que no he olvidado, derribando prejuicios para siempre.

La primera lección tuvo mucho que ver con el contexto de España, recién muerto Franco y justo después de aprobarse la Constitución. Recuerdo que en esa altura la cuestión de las autonomías era un tema candente. Vascos y catalanes querían mayores concesiones de Madrid y se sentían de alguna forma ‘superiores’ al resto de las regiones de España. Y en cierta medida así se les consideró al reconocerlos como ‘comunidades históricas’. Aunque al final Andalucía consiguió subirse al vagón de primera clase autonómica como bien describió nuestro paisano, Manuel Clavero, que acuñó la expresión ‘café para todos’.

Andalucía era, en aquel entonces de las comunidades autónomas con menores niveles de desarrollo y pesaba sobre nosotros, los andaluces, el tremendo prejuicio de que éramos vagos, poco serios y juerguistas. Pues bien, como dice nuestro lema ‘Magno Cum Labore Summun Ascenditure” (A la cumbre se sube con gran trabajo, que dicho sea de paso, es la letra de una sevillana de los Hermanos Reyes). Y ese justamente, fue un gran aprendizaje que me lleve del rugby. Una ética del trabajo casi protestante (véase Max Weber) la que impregnó Juan Antonio Arenas en todos nosotros desde los inicios de club fue que teníamos que ser serios en el campo, que había que jugar lo mejor que uno pudiera, que nunca íbamos a dejar de jugar un partido aunque no fuésemos quince… Y esa filosofía la he tenido que ejercer en muchos momentos de mi vida, cuando me han mirado con prejuicios por ser español o andaluz, en los 32 años que llevo viviendo en el extranjero. Y es así como el Ciencias subió a la élite del rugby español y ahí sigue, con mucho trabajo, con tesón y constancia. ¡Bien, chavales, bien!

Y para compartir buenos ratos también somos los mejores porque el Ciencias, y el rugby en general, tiene un concepto de amistad que es como una piña, dentro y fuera del campo. Esas enseñanzas son las que intento poner en práctica en el trabajo… Igual que en un ruck, en una melé, una touche o jugando a la mano, ahí hay que estar junto al otro, apoyando, defendiendo, evadiendo al contrario.

Y arte, mucho arte. La forma en que celebrábamos las victorias, las fiestas, los cachondeos… Baste recordar aquella sevillana… “Blanca y azul, blanca y azul…”. Eso lo dejamos para otra ocasión o se lo dejo a otro más veterano.

La otra lección de vida que me dio el rugby fue la de derribar prejuicios, porque una ciudad tan clasista como la nuestra, en el Ciencias había de todo: empezando por científicos, pero también currantes, funcionarios, abolengo más o menos rancio, clase media y comerciantes de todo género y condición. Recuerdo una bronca que nos echó Miguel Aldecoa, con 11 ó 12 años, un día en Casa Celestino porque un señor mayor se nos acercó pidiendo algo para comer y nos fuimos sin hacerle caso, evitando mirarle a los ojos. Miguel como un poseso nos dijo que aquello era una falta de respeto a una persona y que eso no era forma de tratarlo. Y ahí nos toco hacer una colecta para comprarle un bocadillo.

En fin, son recuerdos fantásticos los que guardo del rugby y de mi equipo, el Ciencias. Ha pasado mucho tiempo y ahora el club está mucho más organizado y profesional en su gestión. Pero sigo viendo valores que perduran. Y espero que sea así por muchos años y muchas generaciones más de chavales sevillanos de toda condición.

Joaquín González Alemán

«Ni que decir tiene que me dejé atrás los nombres de muchos amigos con los que jugué y que también forman parte de mi historia…»

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