Sub 10. Campeonato de España

Sub 10. Campeonato de España

Entre la Universidad Pablo de Olavide y los campos de rugby Pepe Rojo hay 600 km, 5h y 34 minutos en coche y 3 radares. Lo saben bien las madres y padres que se desplazaron a Valladolid para acompañar a sus hijos al Torneo Estatal de Rugby y, aún mejor, las espaldas de quienes fuimos en autobús en un viaje de casi 10 horas. Sin embargo, esos 600 km, 5h y 34 minutos en coche y 3 radares no son solo una distancia física; también tienen un aspecto simbólico. 

Andalucía, en general, y Sevilla, en particular, están lejos de las zonas de máximo desarrollo del rugby estatal. Cualquier pequeña escuela de Madrid, Cataluña o el País Vasco cuenta con un entorno óptimo para el ejercicio de nuestro querido deporte tanto a nivel social como económico e institucional. Nuestro club, nuestro Ciencias, es una entidad con un pasado glorioso pero en la actualidad somos un equipo humilde con recursos bastante limitados. Es suficiente observar cómo los chicos y chicas que defienden otros escudos van uniformados o el número de equipos que inscriben, por no mencionar que algunos de ellos llegaron al Pepe Rojo en autobuses propios. 

Y, a pesar de todo, los chicos de las camisetas azules, blancas y negras, superaron cualquier expectativa. Nuestros jugadores sub10 de desarrollo, casi todos ellos recién llegados a la categoría, consiguieron finalizar entre el selecto grupo de los 10 mejores de esta sección. En cuanto al grupo de competición, alcanzó, junto a nuestros amigos de Marbella, la cota más alta del Torneo, fueron nada menos que campeones.

No acierto a comprender este fenómeno en su integridad salvo por aquella imagen bíblica de David contra Goliat. Esparcidas por el maravilloso, en clima humano y meteorológico, fin de semana que hemos vivido, creo haber encontrado algunas claves. Nuestros jugadores, juegan, en el sentido literal de la palabra; no bien habían desembarcado del autobús en la residencia de los maristas, buscaron una explanada verde para pasarse el balón y reírse e inventar formas de utilizar el oval para divertirse. Y no fue una escena aislada sino que se repetía en cada rato libre. Nuestros jugadores son amigos y quieren sentarse unos junto a otros a la mesa y dormir en las mismas habitaciones y charlotear y carcajear por bobadas. Nuestros jugadores entienden el rugby como una pulsión de alegría; frente a la mayoría de equipos que practicaban un ataque plano y sufrido al eje detrás de niños enormes para percutir hasta romper la línea de defensa, ellos jugaban con soltura a la mano, abrían la pelota de lado a lado, marcaban jugadas, inventaban sobre la marcha, aprovechaban las diversas fortalezas de cada uno. Nuestros jugadores son ganadores en el buen sentido de la palabra; no se rinden, pelean hasta la extenuación placaje tras placaje, ruck tras ruck, y lloran cuando la derrota llega por falta de compromiso y esfuerzo, aun cuando sean todo unos campeones de España. 

A veces, cuando me pongo un poco cursi, pienso que la C gótica sobre el «Magno cum labore summum ascenditure» inocula talento por sí misma, pero luego veo el trabajo y el compromiso diario de entrenadores y delegadas, de madres y padres, y me percato de que la grandeza de la letra negra no es su pasado, ni sus títulos: es su gente.

Manuel Flores

Fotografía: Carmen FerSan