El pasillo de la gloria

El pasillo de la gloria

Hasta el prop más robusto se tambalea cuando en la vida surgen inesperadamente acontecimientos que no son conformes a la edad. Ese balanceo, desorientación, sin sentido, o vacío que nos genera a todos estas malogradas y crueles situaciones, son muy legítimas y propias de individuos buenos con una pizca de sensibilidad. Sólo personas únicas en la historia, e inalcanzables para nosotros como San Francisco de Asís, ya moribundo, es capaz de responder ante su ruego porque le comunicaran la esperada, e inevitable nueva de su fallecimiento; “¡Bienvenida hermana muerte!”.
Como si del más esperado New Zealand vs South África se tratara, te convocaron sin razón lógica, al test match de tu vida. Evidentemente la selección llegaba pronta, demasiado pronta, aún no estabas preparado. Hacías gala de tu insolente juventud, pero ahí estaba la convocatoria, y había que afrontarla de verdad apretando los dientes más que nunca.
Seguramente en tus continuos momentos de desconcierto durante estos interminables días te habrás preguntado; ¿por qué a ti?, ¿por qué estabas allí postrado, en lugar de estar entrenando?. Yo tengo la respuesta, porque sólo convocaron a los mejores. Y tú eras el mejor.
Conociéndote como te conocí, este tiempo que se avecinaba iba a ser durísimo, interminable. No veías, ni ninguno de nosotros lo veíamos, este final ¿verdad?, era desesperante, estaba en el infinito. Tu juventud impaciente no te lo dejaba ver, y nuestra esperanza en tu poder de sacrificio y lucha, eliminaba por instantes tan inhumano fin.
Sabías, y dependía en gran medida de ti, que este match se ganase. No existía otro resultado salvo ganar, ganar, y ganar. Te amaraste los machos, te echaste el equipo a las espaldas, y corriste sin parar hasta palos. Nadie mejor que tú sabía hacerlo.
Íbamos a tener mucho tiempo por delante, no solo ochenta minutos. Íbamos a conversar como lo hacíamos de vuelta de un torneo, el tiempo de viaje daba para muchas reflexiones, para taparse los oídos cuando no queríais oír las críticas, y para sonreír cuando os endulzaban la oreja. Reflejos propios de la tierna edad.
Hace cinco años tú tenías apenas nueve, te presenté en el Ciencias. Me tomé esa libertad, en contra corriente. El objetivo no era otro que el que jugaras a lo que tenías que jugar, formando parte del club de rugby mas laureado de Andalucía, y de los históricos del rugby Español. Creo que no me equivoqué en la elección, los hechos y tú trayectoria lo demostraban, y todos tus entrenadores avalaban y alababan tu comportamiento fuera y dentro del terreno de juego. Eras un señor con a penas 14 años.
Tú evolución era una realidad, pero había que continuar trabajando, ahora en el hospital.
Esto no era una pausa, todo lo contrario ibas a continuar entrenando, más duro si cabía, de lunes a domingo sin descanso de 0 a 24 horas.
Por eso, íbamos a tomarnos este paréntesis como lo que era, sin darle mayor trascendencia, un entrenamiento largo, intenso y severo, una lucha entre tu fortaleza física, y tu madurez mental. Te aconsejé que lloraras en este tiempo si lo necesitabas.
Llorar es de persona noble, te reconfortaría cuando lo hicieras y templaría tu rabia. Y recé, para que intentaras sacar fuerzas de donde no las hubiera, con el fin de dedicarle diariamente una sonrisa a tus padres. Llorar y reír es también rugby.
Querido Jaime, te escribo ahora en presente, pues me niego en estos momentos a aceptar esta brutal realidad. Estás con nosotros, y estás presente en cada partido de rugby que juegue tu club, y tú por siempre equipo. Estás esta temporada iniciando tu categoría de infantil, y la temporada que viene estarás en segundo año de Sub 16. Para la 20/21 pasarás a cadete, en estos años te convocará la FAR, entrarás en el programa de escuela de valores de la FER, y debutarás con el equipo Senior en Cartuja, y con el Quince del León. Darás múltiples satisfacciones a tu club, como ya presagié a algunos de sus dirigentes.
Querido Jaime, rondas el scrum con suma naturalidad. Deambulas y te sientes cómodo en un trabajo tan desagradable y poco agradecido como es el de lock. Conoces el oficio, hablas donde tienes que hacerlo; en el campo, y sabes que movimientos tienes que hacer en esa segunda línea, para apretar y reforzar la posición de tu amigo el hooker que no da crédito a esta situación, pero que está obligado a afrontarla ahora sin ti. Por algo sois rugbiers, y amigos.
Ha llegado la hora, se escucha a lo lejos cada vez con mayor finura y claridad el temido claqueo de los tacos, aparecen por la embocadura del campo, son más grandes y fuertes de lo que esperabas. Tienes frente a ti al mejor equipo de todos los tiempos. Forman el 15, la gloria del rugby mundial; Jonah Lomu, Joost Van der Westhuizen, Colin Earl Meads, Donald Barry Clarke, Bennie Osler, Hennie Muller, Alfred Hamersly, John Macgregor Kendall-Carpenter, David Bedell-Sivright, Phil Macpherson, Gwyn Nicholls, Cliff Morgan, Guy Boniface, Marcel Communeau, y Jean Prat. Tu adversario como lock, es nada menos que el All Black Sir Colin Meads. Pasa a tu lado camino de la yerba, y te palmea la espalda en señal de respeto, pues conoce el fatídico final que se apresura en llegar.
El referee va hacer sonar el silbato sordo, y va a dar comienzo el match. Te adelanto que se presume muy duro, durísimo. Te pronostico que se van a dar muchos penalties, y muchos de los tackles van a ser altos, el de enfrente viene de la vieja escuela de este deporte, cuando todos iban detrás de un balón, que era considerado el bien mas preciado de sus vidas, sin obtener nada a cambio, mas que el alcanzar el respeto del oponente.
Me atrevería a insinuar que seguro se muestran más de una tarjeta, incluso red cards, ya que el test es de enorme dificultad, y tú como de costumbre, vas a entregarte al vacío defendiendo, y haciendo vencedor al escudo de tu querido club.
Se ha señalado scrum en campo adversario con introducción azul. No hay orden de crouch, bind, set, el equipo rival no las reconoce. Rápidamente, y casi atropellando al juez chocan los forwards, y se oyen crujir las espaldas. Se talona como se puede el oval, y está dentro. Como si del más dulce sueño se tratara queda inmóvil entre las botas del 8, y allí permanece. Queda estática, hay empuje pero no avance. En un alarde de hombría, excepcionalmente hablas, y mandas empujar. Como si de tus huestes se tratara, todos dan un paso, y otro, y otro más, y el balón comienza a ganar metros. Los ocho avanzáis con tal suavidad y ritmo, que empequeñecéis los compases de los boleros de Bonet de San Pedro. La cadencia se palpa, se hace música. El avance permanece, es continuo y bello, se presume la gloria. A falta de escasos metros para el deleite, el oponente derrumba el scrum. Se pita penalty. Se abrazan el lock y el hooker, y envuelven el oval en sus brazos como martillo a yunque. Pero no hay try. Balón para el contrario que lanza a touch. Se acaban de pitar los 80 minutos. Nadie ha ganado. El vencedor es el propio rugby.
Todo el campo queda mudo, no se observa ningún aplauso. Todos se abrazan por el magnífico juego de dureza, hombría, caballerosidad, compromiso, entrega, destreza, y habilidad. Se puede acariciar la paz del momento. Se hace el pasillo y toca pasar delante de estos hombres de rugby. En el momento de pasar por delante de Colin Meads, te para, imponiendo su robusta mano en tu pecho, te zamarrea, y te coloca con los suyos.
Tus compañeros azules, los 14 restantes, miran con intención de llevarte con ellos, pero ¿quién se atreve con “Pinetree”?. Se marchan al vestuario, y se comunica que no hay
tercer tiempo.
– ¿Por qué te quedas con Jaime?, pregunta desconcertado el capitán de la C gótica a Meads ante la confusa situación.
– Me lo llevo a la gloria del rugby, donde tiene que estar junto a todos los niños rugbiers que ya se marcharon.
Y acabó todo. Se apagaron los focos del campo, la cancha quedó oscura y maltratada.
Sobre las gradas anónimas, cayó una niebla que parió los primeros relentes de la tarde otoñal. Hacía frío. Aún quedaba un marcador de tiza emborronado, y húmedo. Una luz tenue a lo lejos y poco visible, denunciaba a un vestuario revuelto, sucio por el barro, las vendas, y algunas gotas de sangre. Al acercarse, el murmullo que brotaba del interior se hacía mas sereno, y plácido. Paró.
En el silencio profundo de la noche, dentro de un vacío insospechado solo se oyó el grito mudo de los 14 restantes exclamando al unísono:
Va por ti siempre Jaime: ¡¡¡CIENCIAS, CIENCIAS, CIENCIAS!!!