Girasoles en la nieve

Girasoles en la nieve

(Alegoría premonitoria de un acto inolvidable)

Subido al Preikestolen desde el que me lanzo al abismo de este papel inmaculado, declaro mi miedo, e incapacidad por hacer frente a este inevitable día.
Hace escasos meses de tu pasillo de la gloria, y como costra de postilla ensangrentada que vuelve a abrirse, el dolor, y el sinsentido se apodera de mi pensamiento. Si bien apareces y desapareces todos los días, como sombra de un árbol robusto, hoy has permanecido con nosotros, desafiando la tesis de un Copérnico jactancioso.
Era muy temprano, la brisa fresca, los trinos, y el alba amanecido, eran testigos de tu solitaria llegada. Querías aprovechar todo el tiempo posible, solicitaste el permiso a ese que te sacó de tu equipo, y te llevó a la gloria del rugby mundial. Y allí estabas, invisible a todos, con tu casco, y tu mordido bucal, sentado en la grada esperando a tus compañeros. Nerviosa convocatoria, aunque sabías que hoy no ibas a jugar, pero te daba igual, pues tu necesidad era la de estar con tu amigo el hooker, ese que no sé si por casualidades del destino, tampoco se iba a vestir de corto. ¡Que maravilloso día!, los dos juntos de nuevo. Charlas, risas, algún que otro bocata; bueno bastantes bocatas, mas charlas, mas risas, en fin como siempre, una amistad sana, pero en su encuentro perdida.
Y llegó el hooker. Apareció por el tartán, dormido, despeinado, como imagen especular de esos primeras galeses de los ochenta, cabreado por su incomparecencia en la cancha, y como de costumbre desapercibido, y callado.
El encuentro fue indescriptible, atravesó la pista y se sentó a tu lado, los gestos esperados, resbalaron, y cayeron a un vacío premonitorio. Los dos por fin juntos, solos en la tarima fría de la grada. Tras el irrepetible momento, e intuyendo la obligada intimidad de la situación, me marché para participar en tu imperecedero recuerdo, que estos amigos del rugby han preparado para honrar tu memoria.
Me tomo la libertad de la mano de la familia, de transmitiros una vez más todo el agradecimiento posible, sin saber de que manera podéis ser correspondidos. El reencuentro con Jaime en este día, hace perdurar en el tiempo su figura, que no es otra que la de cualquiera de nuestros dragones. La extensión de este agradecimiento, no mide su sinceridad, y agotado por la emoción, pongo el punto y coma; infinitas gracias amigos. Es hora del tercer tiempo.
El atardecer iba dando paso a la luz prevista, y a un relente primaveral, que provocaba algún que otro repeluco inesperado. La pareja venía a lo lejos. El hooker merodeo mi figura, no medió palabra, y marchó a abrazar a su madre. El amigo, se dirigió a la suya, y la abrazó como si no hubiera final.
En un Épsilon de tiempo, la faz de la madre perdida, relució ofreciendo la respuesta misma a la paz, y a la felicidad. La misma felicidad que derrochó ella, tras el recién baño en agua tibia perfumada, de su hijo de pocos meses. La misma felicidad, y complot, que nació del momento único, entre madre e hijo emborrachado de infinitos besos, caricias, y risotadas, tras embadurnar de colonia a su tierno y desprotegido bebé.
La que le brotó en el rostro, en el preciso instante en que el niño despertó, y nervioso descubrió sus juguetes, una noche de Reyes. La de su Primera Comunión, la de los continuos sobresalientes, la de la primera marca con su Ciencias, la de su primera túnica de Pasión, la del risueño desencuentro infantil en la Feria.
El abrazo se desvaneció, y el hooker al observar el momento dejó a su madre, y marchó fugazmente a abrazar a la ausente del premio. La felicidad apareció, pero no era plena.
Hoy escribo con la aspereza de la mano que soporta una ortiga, con la resignación de un perro moribundo, con la desilusión de unos Reyes equivocados, con el alma derrumbada, con el agradecimiento sincero, con la ofuscación del momento, con la satisfacción del deber cumplido.
Hoy escribo, con el inevitable fin del lirio que se troncha en junco moreno, y con el espíritu triste, y ausente, de un campo de girasoles en la nieve.

13