Witi

Witi

Es curioso como los pequeños detalles hacen que se te vengan a la memoria situaciones vividas. Al igual que un repentino olor a dama de noche o jazmín te hacen evocar una velada en la playa mucho tiempo atrás, el verme sentado en una mesa, con lio de monedas por delante, organizando el cambio para la marea de gente que se avecina, me hizo traer a mi mente la sensación de que a mi lado iba a sentarse en cualquier momento Witi, con su camisa por fuera, su mirada limpia y el gesto de disfrutar de la jornada con esa pausa que él tenía, una pausa que le permitía paladear cada momento, cada guiño que le hacía el día; una pausa de torero artista que se mueve lento y acompasado con el toro. Sabía que no era así, que no se iba a sentar a mi lado, que no lo iba a ver subir la cuesta hacia el campo. Eso lo sé hace tiempo, pero esa sensación que siempre me acompaña se me hizo más intensa el día del Ibérico.
No es para nada una sensación de pena, más bien de nostalgia, por no poder disfrutar de él; por lo no poder verlo disfrutar. Es una punzada de emoción y esperanza de verlo aparecer, que desaparece pronto pero que deja un poso de alegría por haber podido estar a su lado.
Mientras delante de mi empiezan a llegar los primeros a pedirme fichas azules, no me abandona esa sensación de sentirme acompañado y a la vez desamparado. Mirando el panorama ante mí, el despliegue de voluntarios, las lonas de publicidad, el empaque que se le ha dado al torneo y, sobre todo, la cantidad de niños y asistentes, no me abandona el pensamiento de lo que hubieras disfrutado con esto; con la evolución que se ha producido en el club. Mientras te busco en la barra pensando que otra vez me has dejado solo en la mesa a irte a hablar con cualquiera para “hacer club”, pienso en la que has organizado uniendo a un grupo de desconocidos para convertirlos en amigos; para enredarlos con esa habilidad innata e ir viendo lo que les podía unir para potenciarlo y hacer piña. Miro hacia uno y hacia el otro lado y veo a esos a los que atrapaste en tu tela de araña y que ahora son mis amigos. Esos que siguen acordándose de ti cada día con cariño, nunca con tristeza. Esos que han hecho suya la frase de “seguir creciendo”. Esos que ahora son mis amigos.
Siempre pensé que tenías un plan, ahora lo tengo claro. Lo único con lo que no contaba era que tu no ibas a estar en él.
Vuelvo a mirar hacia la cuesta de acceso al campo por si veo esa camisa por fuera acercándose; pero no, no la veo ni la voy a ver; pero seguiré mirando con esperanza y alegría; la alegría de haber podido estar a tu lado.

Alejandro Díaz-Trechuelo